Relato corto: EL SUEÑO

EL SUEÑO

Hace quince días que estoy muerto. Por supuesto, nadie lo sabe, porque sigo comiendo, bebiendo, respirando y muchas más cosas que no suele hacer un muerto. Continúo yendo a trabajar, visito a mis amigos y a mi familia, organizo fiestas y nadie sospecha nada. Pero la realidad es que estoy muerto. Del todo.

¿Cómo es posible eso? Muy sencillo: mi propio cuerpo todavía no lo sabe. Y no es que me haya convertido en un zombi ni un vampiro ni ningún otro engendro mitológico. Nada más lejos de la realidad. Lo que ocurre es que tengo la absoluta convicción de que es así, y aunque mi cuerpo no lo acepte (pues sigue realizando sus funciones vitales con la misma disciplina de que siempre ha sido capaz), tengo la certeza absoluta de mi muerte. Desde hace quince días. Desde que tuve el Sueño.

No fue un sueño normal, como se puede suponer. No se trata de una pesadilla que lo despierta a uno por la noche sobresaltado, ni toda una noche de inquietud de las que sin llegar a despertar uno no cesa de revolcarse en la cama. Nada de eso. Fue un sueño largo, largo y vívido, real. Un sueño vivido a lo largo de cuarenta y dos días. No una pesadilla que se repite a lo largo de todas esas noches, sino una especie de dilatación (o contracción, quién sabe) del tiempo normal, que hace que uno no sepa a ciencia cierta si lo ocurrido es real u onírico. Es difícil de explicar. Pero puesto que mi cuerpo sigue aquí, rebelde a aceptar la verdad en lugar de iniciar su proceso natural de descomposición, he llegado a llamarlo sueño. Pero más real que la misma realidad, estoy convencido. Nunca he estado más convencido de algo en toda mi vida…

«Estoy en el hall de un hotel. No recuerdo cómo llegué allí, pero tampoco tiene ninguna importancia. Es un hotel viejo y decadente, que huele a humedad y madera rancia. Las moquetas están llenas de lamparones y las paredes plagadas de desconchados de la pintura granate. Un viejo ventilador en el centro del techo del amplio hall deja colgar sus aspas inmóviles como una gran araña muerta. Estoy solo, de pie en medio de la estancia, extraño, fuera de lugar. Inquieto. Solo.

Un murmullo procedente de la calle se filtra en el hotel. Es un murmullo muy suave, pero poderoso, que va poco a poco in crescendo hasta que permite adivinar que son voces humanas, muchas, una verdadera turba. El murmullo va convirtiéndose poco a poco en rugido. El rugido en estruendo. Y el estruendo acaba por hacer añicos la puerta de cristal que cierra el hall, dejándola colgada de su astillado marco de madera carcomida. Por la puerta destrozada entra en el hotel la multitud de la calle en manada, atropellándose y vociferando. No entiendo una palabra de lo que gritan. Pero sus rostros congestionados lo dicen todo. Furia, ira, envidia, celos, rabia, odio. Me rodean y me empujan, me aplastan con su fuerza arrolladora y me zarandean. No conozco ninguno de los rostros que se agolpan a mi alrededor, pero todos muestran la más firme determinación. No se equivocan: han encontrado al que buscan.

Me empujan por una vetusta escalera hacia el piso de arriba. La madera cruje y gime bajo el peso de tantos pies, pero nadie le presta atención. Protesto, me revuelvo, intento hacerme escuchar, intento resistirme, pero es imposible: nadie ha venido a escuchar, y la marea me continúa arrastrando hasta el final de la escalera, y más allá, por el primer piso, a través de un pasillo oscuro y que huele a humo y suciedad.

La SogaLos rostros que me rodean, de expresión abotargada y gris y ojos turbios me miran sin ver, solamente pendientes de su pasión colectiva. La masa me empuja a través de la oscuridad, pasillo abajo, sin que pueda resistirme ni un centímetro a pesar de mis esfuerzos. Los pierdo de vista en la oscuridad. Solo soy capaz de percibir la presión de sus sudorosos y malolientes cuerpos contra mí, que apenas me deja respirar. Me arrastran por un lateral, a través de una puerta, creo. Debe ser una habitación. Sin poder entender una sola palabra del griterío me atan las manos a la espalda. Apenas consigo ver nada en medio de la penumbra. Docenas de manos me alzan y me colocan de pie sobre una silla o un taburete, mientras algo se balancea ante mí. Me revuelvo nuevamente, preso de angustia, e intento zafarme, pero es imposible. Alguien me pasa un lazo por la cabeza y noto el áspero roce de la soga en el cuello, quemándome la carne. La muchedumbre sigue empujándome y vociferando, pero yo ya no puedo moverme, y sigo sin ver ni entender nada.

De pronto estalla una luz que llena la habitación. No es una luz hiriente, sino cálida y dorada, confortadora, que disipa todas las tinieblas de la habitación. Se hace el silencio más absoluto. La masa se aparta de mí, poco a poco al principio y más rápidamente después. En pocos segundos me quedo solo en el centro de la habitación, de pie sobre el vetusto taburete y con la cuerda de cáñamo mordiéndome las muñecas y el cuello. No me atrevo ni a respirar.

Se abre la puerta, y aparece Ella. Radiante y bellísima, envuelta en esa luz acariciadora que aparta a esa gente de mí. Todos la miran, pero nadie se atreve a emitir ningún sonido. ¡Ha venido a salvarme! Se acerca a mí, poco a poco, con una maravillosa sonrisa y la más tierna de las miradas. Sus ojos rebosan calor, ternura y confianza. Me está besando con la mirada mientras llega hasta mí. Su luz me arropa, suave y aterciopelada, mientras me acaricia el rostro con las manos…

Y entonces le da una patada al taburete.»

* * *

Han pasado ya casi seis años desde entonces. Aunque convencido de que estoy muerto, la marea del devenir diario ha acabado por automatizar mis gestos en una rutina que simula vida. Y aferrándome a esa rutina me he obligado a creer que no fue más que eso, un sueño. Un mal sueño. Que quizá, tal vez, incluso cabe la remota posibilidad de que en realidad no esté muerto. Que esto nunca haya ocurrido…

Las jugarretas de mi memoria, que tiende a borrar los recuerdos oníricos con una suave gentileza que no tiene con otros tipos de recuerdo, poco a poco han conseguido difuminar los detalles y las sensaciones, hasta que solo ha quedado su sombra. La mera sombra de un mal recuerdo. Debe ser que sigo vivo…

Y sin embargo…

Y sin embargo, cada mañana al afeitarme en vez de la maquinilla lo que siento contra el cuello sigue siendo el mordisco de la soga.

 

Noviembre 2006

Publicado en España Criminal, Ed. El Full, 2012

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