Relato corto: EL ÚLTIMO BASTIÓN

EL ÚLTIMO BASTIÓN

Soy un privilegiado, soy plenamente consciente de ello. Es evidente que la Naturaleza me dotó de una constitución envidiable, y prueba de ello son los noventa y siete años que llevo cumplidos, sin achaques físicos de importancia. No es mérito mío, en realidad. Nunca fui especialmente diligente cuidando mi cuerpo. Me dediqué toda mi vida a cultivar todos los placeres que me atrajeron, sin mediar reparo en sus consecuencias. Y ni los excesos de mi juventud ni la falta de cuidado en la madurez parecen haber hecho mella en mi carne, o al menos no en demasía. Nunca viví como hipocondríaco ni me preocupó prevenir dolencias futuras o futuribles. He vivido cada día como si fuese el último, pero en el sentido del disfrute, no con el ansia de lo que se acaba. Y conforme pasaban los años más todavía, a la vista de lo que iba ocurriendo a mi alrededor. No me arrepiento de nada.

BastionTambién he sido afortunado con mi mente. Sé que debo agradecer seguir conservando aún hoy toda la lucidez de mi juventud. Así como los años no parecen haber deteriorado mi salud física, tampoco he de achacar el paso del tiempo en mi voluntad ni en mi ser. Conservo intacta mi memoria y mi raciocinio, a diferencia de la mayoría de mi cada vez menor número de coetáneos. He conseguido permanecer olvidado por la demencia senil y la depresión hasta ahora, y sin embargo…

Los cuarenta inviernos vieron teñirse mis sienes de plata, y los sesenta me regalaron un manto de nieves perpetuas. Las arrugas de mi rostro son el espejo donde se reflejan las miserias de la vida que vivieron otros, los más allegados a mí, de los que ya no queda nadie vagando por este mundo. Mi vista sigue aguda casi como el primer día, como si yo tuviese que mantener la luz por todos aquellos que la fueron nublando poco a poco. A veces me siento tentado de pensar que el Destino me ha convertido en un vampiro de vida, regalándome la mía y fortaleciéndola cada vez que otra se iba agostando. No es un pensamiento alentador.

En mi juventud ya me sentí afortunado. Sobreviví a los horrores de la guerra, mientras Daniel cayó a mi lado en la trinchera, con su cabeza ensangrentada tras la explosión del obús que estalló entre ambos, dejándome a mí milagrosamente incólume. Y luego a las epidemias de cólera y tifus que sobrevinieron, que arrastraron a mi hermana María y a Federico a la tumba prematuramente. La hambruna que flageló a mi pueblo durante varios años después se llevó a los más débiles, desde luego, pero también a mi querido amigo Lope, el leñador, un gigante que había sido capaz de arrastrar un carro cargado con toda su familia durante diez días a través de las montañas. Y yo seguía viendo como la desgracia rondaba a mi alrededor, se paraba junto a mí, me olisqueaba cuidadosamente como un perro guardián y cada vez acababa pasando de largo para cebarse en otro próximo.

Años después tuve que despedirme para siempre de Laura y después de Carlos, ambos víctimas dolientes de sus propios cuerpos. Los dos lucharon con valor y la más férrea de las tenacidades contra su enfermedad hasta el último minuto, pero la vida les acabó dejando a ambos en la flor de la juventud, sin llegar a darles la oportunidad de comenzar a cosechar el fruto de sus esfuerzos de tantos años. Y yo también estuve allí, cual historiador impasible obligado a registrar las desgraciadas evoluciones de la humanidad. Pero con el corazón roto.

Vi crecer mi amada ciudad, y la he visto florecer bella y radiante, subyugadora, hasta aquel fatídico Agosto que se la llevó envuelta en llamas. En medio del fuego y del humo, de los gritos, los llantos y el contagioso miedo, la Providencia me convirtió inexplicablemente en una isla en medio de aquella debacle. Ni una sola de las llamas, ni los escombros de los edificios desmoronándose me alcanzaron; ni la irresistible fuerza de la turba huyendo presa del pánico me llegó a empujar, ni tan siquiera el espeso humo que todo lo difuminaba me intentó asfixiar. Cuando todo terminó, tan sólo un poco de hollín manchaba mi rostro, en medio de toda aquella inenarrable debacle plagada de cadáveres. No pude despedirme de Lola, de Enrique ni de mi hermano Pedro. Esta vez simplemente no llegué a tiempo.

Dentro del dolor por la pérdida, llegué a saborear mi extraña fortuna. Me maravillaba todo lo que a los demás y nunca a mí sucedía. La mano divina seguía queriendo protegerme en mi madurez, manteniéndome alejado de los peligros o como envuelto en una burbuja cuando estallaban cerca de mí.

Aquel trágico accidente de tráfico pareció querer contradecirme por fin, cuando la lluvia y el mal estado del pavimento nos hizo volcar y nuestro coche terminó rodando por la pista del aeropuerto vecino. Tres días después desperté en el hospital, con el vívido recuerdo en mi mente y la inevitable certeza una vez más: ninguna lesión grave, pero nunca volvería a ver a mi querida Melissa, ni a Ramón ni al vivaracho Julián.

Mi optimismo natural y la férrea voluntad pronto me consiguieron sacar del Valle de la Depresión que mi espíritu se vio obligado a recorrer por un tiempo. Como siempre, otros no tuvieron esa misma suerte. A los cincuenta y cinco años me tocó presenciar cómo Samuel y Rubén se despeñaban por ese mismo valle, más y más abajo, hasta que se vieron obligados a recurrir al suicidio.

Los años siguieron pasando, y ¡necio de mí!, llegué a jactarme de que no para mi persona. He sido testigo impasible del cambio de las estaciones, aparentemente sólo para los demás y nunca para mí. Los achaques de la vejez y el Alzheimer se fueron llevando al resto. Cada vez que veía caer a un vecino o conocido de mi edad me decía para mí mismo: “¡Qué débil era! ¡No ha podido resistir al tiempo, a la enfermedad o a ambos! No como yo. ¡Qué afortunado soy!”. Y cada vez he visto que quedábamos menos…

Poco a poco he ido viendo incluso como las garras de la Muerte se iban llevando uno a uno a mis hijos, todos siendo ancianos ya, e incluso a alguno de mis nietos. El resto se ha ido desperdigando por el mundo…

Hace tres inviernos se marchó el último de mis amigos, Perico, a avanzada edad, dejándome solo en un mundo que ya hace mucho que no es el mío. Soy el último bastión en pie de una época ya olvidada, una anacrónica reliquia de un tiempo oxidado y perdido que continúa incólume sin un propósito aparente…

¿He sido afortunado con lo que me ha sido dado? Ya no estoy tan seguro. Disponer de un supuesto tesoro como éste y no poderlo compartir no estoy muy seguro de que en realidad no sea una maldición. ¿Qué me queda ahora?

Me queda aún la esperanza de que algún día terminará también para mi. Sólo espero que ningún Dios caprichoso haya decidido gastarme la pesada broma de darme la Vida Eterna… No me parecería de buen gusto.

Enero 2007

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